viernes, 28 de noviembre de 2008

Nuestro ideal ultimo

“… nuestro ideal ultimo de mejorar iba mucho más allá de la democracia y nos hubieran clasificado decididamente bajo la designación general de socialistas. Aunque repudiáramos con la mayor energía esa tiranía de la sociedad sobre el individuo que se supone que implica la mayoría de los sistemas socialistas, esperábamos, sin embargo, la llegada de esa época en la que la sociedad ya no estará dividida en trabajadores y desocupados; en la que la regla de que el que no trabajara no come no se aplicará sólo a los pobres, sino a todos de manera imparcial; en la que la división del producto del trabajo, en vez de depender, como en tan gran medida lo hace ahora, del accidente del nacimiento, se hará de acuerdo con un principio reconocido de justicia, y en la que ya será posible, y se pensará que lo es, el que los seres humanos se esfuercen denodadamente en producir beneficios no ya exclusivamente para ellos, sino compartirlos con la sociedad a la que pertenecen”

John Stuart Mill

Las instituciones y los ciudadanos

"La máquina la hace el hombre…
y es lo que el hombre hace con ella"
Jorge Drexler


Es la democracia deliberativa, la participativa; la única esperanza de cambio social y de desarrollo por las vias legales. Pero es necesaria una sociedad civil con ciudadanos activos, como agentes de transformaciones, de constantes renovaciones y reivindicaciones; actores políticos que controlen el ejercicio del poder. Es la participación consiente y masiva de los ciudadanos con cultura política, la que lleva al mejoramiento de las instituciones.

Cuando las instituciones son ineficientes no pueden ser desechadas, pues es por ellas y para ellas que el ser humano se convierte en ciudadano; son las instituciones las que transforman al ser y el ser el que las forma y transforma; es un circulo que se retroalimenta. Por lo que es fundamental, el constante movimiento, las conrtadicciones que dinamicen, renueven, cambien y transformen la "democracia" colombiana. Es que la democracia es también desobediencia civil, protesta y rebeldia cuando se está inconforme y el Estado debe garantizar este tipo de manifestaciones, no oprimirlas. ¿Quién dijo que democracia es orden?

Necesitamos de una base plural en la mentalidad y los actos, llena de tolerancia; que resista convergencias y divergencias, para que así avancemos hacia una sociedad más digna, tanto política como socialmente.

Andrea Arango Gutiérrez.

viernes, 21 de noviembre de 2008

A la hora de vivir

Para mi amigo de la infancia,
Aunque quizá nunca llegue a leerlo.

El reloj de pulsera de Sara da las 4:40 a.m. como la hora para despertarse. Se levanta de su cama pasivamente y empezando, al igual que los días anteriores, con el pie derecho. Aunque un baño caliente la espera, está pensando en que la coge la tarde, o más bien, la madrugada.
Croissant, un poco de queso holandés, un huevo en cacerola y un chocolisto para empezar su día. Después de su corto desayuno se cuelga el portátil en su espalda y ya está lista para salir. Sólo le bastarán 10 ó 15 minutos para llegar a la universidad. Todo depende de qué tan rápido maneje hoy, aunque por su corta edad y por estar estrenando pase, lo más probable es que llegue antes de lo esperado.

Otro reloj, esta vez de mesa, marcan las 6:00 a.m. Pedro debe levantarse a comenzar su día. No piensa con qué pie empezar, sólo se prepara para recibir esa agua fría que le congelará hasta los pensamientos. Sale de la ducha y se viste rápidamente, mientras su arepa se está calentando. Quesito, mantequilla y un chocolate tibio serán sus acompañantes.
Son las 6:30 a.m. y Pedro ya está en la puerta de su pensión, dispuesto a salir a trabajar. El tiempo no le preocupa, pues sabe que llegará a la hora precisa a la empresa: 7:00 a.m. como en los últimos dos años. Además, en una mañana como hoy, lo preocupante es mojarse en el camino, no los minutos que se pueda demorar.

8:00 a.m. y Sara acaba de terminar su clase de seis. Busca algo que le quite el sueño ocasionado por su profesora, y junto con sus compañeros se sienta en una mesa a hablar de la vida, del periodismo, de política, de literatura, del mundo y de este famélico país. Hoy será un día largo, así que es mejor un buen cappuccino para resistirlo.

Las horas han pasado, rápida o lentamente, pero ya se fueron. El reloj marca las 12 m. Pedro, agotado y con ganas de almorzar, se va solo a la cafetería del frente de la empresa de plásticos en la que trabaja. Pide el menú del día y en esas llega uno de sus compañeros a hablarle de lo cansado que está y de lo mal que va la situación. Pedro, de manera simple, asiente mientras va masticando los fríjoles humeantes que hace un momento habían llegado a su mesa. A duras penas puede entender lo que pasa a su alrededor, él no está pendiente de la vida de otros que no sean su familia. La política, las guerras mundiales y la economía de las potencias es algo que para él ya no existe, se ha esfumado, al igual que el sueño de ser un profesional.

Sara, sonriente como los días anteriores, llega a comprar el almuerzo de hoy al restaurante de su facultad. Busca un lugar donde sentarse con sus compañeros, pero debido a que al medio día las bancas universitarias están con el cupo lleno, deciden sentarse en el piso del bloque 25, teniendo sumo cuidado para que el sánduche no vaya a derramar salsas sobre su computador.

4:05 p.m. Pedro para de trabajar por unos segundos, los dolores en su espalda cada vez son más fuertes y críticos. Eso de cargar cajas no le está conviniendo a su cuerpo. Sus compañeros de trabajo le dicen: "Pedrito cuidate, mirá que vos todavía estás muy chiquito y no te podés joder desde ya. Mirá que todavía te queda una vida por delante". "¡Cual chiquito!" -grita Pedro- "yo ya tengo 19 años y nada de niño. En cuanto a la vida, si va a seguir así, espero que no me quede mucha".

4:45 p.m. Las clases de Sara han culminado por hoy. Está algo cansada de cargar su computador, por lo que se queja constantemente. Antes de irse para su casa a dormir -porque un día así lo amerita- le propone a algunos de sus compañeros llevarlos a sus casas. Todos ya tienen cómo irse. En su interior, Sara se alegra, pues los capuchinos y los tintos del día no hicieron la labor que debían hacer y los abrebocas que consumió no le cerraron el estómago.

Son las 7:30 p.m., Pedro no deja de ver el reloj en la pared, sólo quiere que la máquina dicte las 8 para buscar algo de comida. Aunque ya terminó de montar todas las cajas que había en la bodega y ha cumplido las horas de trabajo de hoy, Andrés, su jefe, le ha pedido que se quede unas cuantas horas extras para arreglar las oficinas. Pedro, por recibir unos cuantos pesos demás, accede.

A las 9:00 p.m. Sara se levanta de su siesta e inmediatamente comienza a llamar a sus amigos para definir si hay o no hay salida esta noche. Después de unas cuantas telefoneadas, han decidido ir a la casa de Susana a catar unos vinos que su padre trajo en el último viaje a Francia. Pero antes de irse debe comer algo, no vaya a ser que se desmaye. Busca a su mamá y le pide que le caliente unos huevos con tostadas.

El tic-tac del reloj es lo único que le da la bienvenida a la pensión a Pedro. Él lo mira, son las 10:35. Busca algo en su vacía nevera. Sólo hay una naranja, una tajada de queso rancio y el trago de chocolate que dejó esta mañana. "Nada mal", dice sarcástico.

A las 11:00 p.m. Pedro, después de varios intentos, logra comunicarse con su familia que está en el pueblo en el que nació.
"¿Cómo estás mijito?", le pregunta su madre al otro lado de la bocina. "Bien mamá. Aquí las cosas están mejorando; no se preocupe que en muy poco tiempo voy a recoger la platica para que se vengan a vivir acá. Viejita mía, vas a ver que muy pronto las niñas, mi papá, usted y yo vamos a volver a estar juntos. Más bien cuénteme como van las cosas por allá ¿Esa gente ha vuelto por la finca?".
3 minutos después colgaron. Al hacerlo, un suspiro sale de la boca de Pedro, las noticias que le dio su madre no son para nada buenas.

Son las 11:30 p.m. y Sara ya está algo tomada, tener el estómago vacío le ha ayudado. No es la ocasión lo que la hace beber, pues a fin de cuentas, hoy es un día como cualquier otro. El tener la grata sensación de la uva fermentada en su paladar es lo que le impide ponerse límites, más de los que sus 18 años le permiten hacerlo.

Mientras Sara se extasiaba con cada sorbo, Pedro estaba dando vueltas en su cama sin poderse sacar de la cabeza lo que le dijo su madre, sin dejar de pensar cómo va a hacer el día de mañana para que las cosas cambien.

1:00 a.m. y Sara ya está en su cama, agotada y rendida. "¡Vaya vida la mía!", dice a manera de reproche, con su rostro mirando hacia el techo y preguntándose cómo será el mañana, si acaso no podrá mejorar.

Durante esos momentos de meditación de Sara, Pedro estaba en otro lugar de la misma ciudad, aunque no de la misma Medellín en la que vivía ella, cerrando sus ojos queriendo que toda su vida fuera tan sólo un sueño, un sueño que se acabara al despertar.

Por Maria Clara Calle.
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Esta es una historia inspirada en algo que de verdad está sucediendo. Pero al decir inspirada me refiero a todo el sentido de la palabra, con esta digo que hay cosas en el texto que sí son ciertas y otras que han salido de la loca cabeza de esta loca sujeta.

¿Globalización? ¡No gracias!


Las instituciones no crearon al pueblo, fue el pueblo quien las creó y basta el pueblo para cambiarlas cuando no funcionan.

Vivimos en un mundo globalizado, con un proyecto neoliberal implantado en cada país; en donde la relación Estado–ciudadano es reemplazada por la de mercado-ciudadano, o mejor, mercado –consumidor; se despolitiza la sociedad civil y hay una posibilidad de participar, votar cada cuatro años; nos encontramos en una lógica de democracia representativa, de malos manejos de los recursos, corrupción y captura del Estado, de lo público, por los intereses particulares.

Ya no, cada ciudadano, sino, cada individuo debe apoyar el libre mercado, en pro de la modernización del país. Y tanto a los empresarios como a la población civil les corresponde la responsabilidad social, la solidaridad y la caridad; para socorrer a los que el Estado ausente ya no puede, porque se achico para agrandar empresas, pues ellas generarán más empleo y sabrán dinamizar mejor el mercado; entran de otros países, a explotar y dinamizar, a dar empleo y mejorar la calidad de vida. Pero ¿qué tipo de empleo generan? Desaparece toda posibilidad de Estado de bienestar, las condiciones de vida dignas para toda la población, que eran deber del estado y derecho del ciudadano, ya son caridad de la empresa privada.


Y personas que viven en condiciones precarias, indignas. Porque falló la maravillosa solución de las empresas redentoras; no tienen tiempo de politizarse. Dice Raymond Aron en ensayo sobre las libertades exponiendo una tesis de Marx que“…la política está separada de la vida cotidiana concreta de todos y cada uno porque el propio trabajo se halla alienado, porque la propiedad privada de los instrumentos de producción convierte al obrero en esclavo de un patrono y al mismo patrono en un esclavo de las cosas, de las mercancías, del mercado” El afán de sobrevivir, el día a día que apremia, no deja formas de protestar, actuar, reunirse y formar acciones colectivas que dignifiquen las condiciones de vida. No se hace posible la democracia deliberativa, participativa, plural, renovadora.
Andrea Arango Gutiérrez.

Libertad y Mafalda


Hablemos de la vida

(Esta conversación puede asemejarse a una de las tantas que tengo día a día con diferentes personas. Claro que eso no quiere decir que yo sea Fernando o César).

Fernando: ¿Será necesaria una revolución para cambiar el mundo?

César: Pues claro que es necesaria, sino ¿cómo carajos va a cambiar esto?

Fernando: Pero ¿eso no significa matar a mucha gente?

César: No, no, no. Hay muchos tipos de revolución. En unas sí muere gente que de verdad no merece estar 3 metros bajo tierra con los gusanos encima, pero en otras, las que verdaderamente sirven, no se derraman litros de sangre, por el contrario, corren ríos de conocimiento.

Fernando: ¿Cómo va a ser eso si hay gente a la que no le conviene que otros se eduquen? O es que acaso les va a interesar que haya más posibilidades de perder su platica.

César: Hermanito, pues yo no tengo ni idea de cómo puede llegar el cambio. Y tampoco busque que yo le responda en unas cuantas palabras y en un segundo lo que la humanidad se ha preguntado por años. Pero eso sí, yo soy de las personas que creen que para cambiar esto y este mundo es necesaria la educación. Pero no de la que enseña a escribir Álvaro con V y no con B, o libertad con la de burro y no con la de vaca; no. Esa nos puede ayudar pero es más fácil de adquirir. La educación que yo digo es la que enseña a analizar y a encontrar la solución de los problemas. Esa, la que está al lado de la consciencia, es la que va a llegar algún día a mejorar esto.

Fernando: No viejito, estás muy equivocado. Olvidate de eso. ¿Vos creés que a todo el mundo le interesa aprender? ¿De verdad pensás que a todo el mundo le gusta leer como a vos o que todos estamos cansados con las cosas de hoy? Yo para qué voy a querer cambiar las cosas si como vamos, vamos bien.

César: ¿Bien? ¿Te parece muy bien que casi la mitad de los colombianos estén en la pobreza y en la indigencia? Eso por no hablar del mundo. ¿Te parece muy bien un país donde el ejército mata a quien se le da la gana y después dice que lo mató por ser guerrillero cuando en verdad era un campesino? ¿Bien que miles se mueran, literalmente, en la selva? ¿Eso de verdad te parece bien?

Fernando: Pero es que eso no me toca. Ninguno de los muertos de hambre o de los muertos del ejército es familiar mío. Yo para qué me voy a preocupar por eso.

César: Porque 'eso', como lo llamás, es consciencia social. Pero al parecer vos no tenés de 'eso', porque si sos capaz de decir que estamos bien sólo porque tenés con qué comer y porque no te han desaparecido a un familiar, es seguro que de esa consciencia no tenés nada. Ni de esa, ni de ninguna.

Fernando: Ah... No, no, no, no, no. ¿Sabés qué? Dejemos de hablar de tantas güevonadas que lo único que hacemos aquí es peliar. Calmate más bien. Mirá que ya va a empezar el partido y nos lo vamos a perder por hablar de tanta carajada.

César: Viejito, esto NO es carajada. Carajada es que perdás tanto tu tiempo en tanta pendejada que lo único que hace es embobarte. Eso es bueno, pero de vez en cuando.

Fernando: ¡BUENO YA! Que no quiero hablas más con vos de eso. Siempre me desesperás con tu exageración de las cosas. Más bien apurate haber si salimos algún día al partido.

Por Maria Clara Calle.

viernes, 14 de noviembre de 2008

La máscara del poder

Bajo la idea de libertad para el pueblo se han desencadenado las más cruentas batallas, se han asesinado cientos de personas, gobiernos enteros han mentido a su país y al mundo entero con tal de invadir, gobernar y tener el poder.

Parece que el mundo actual es maquiavélico. Aquí el fin justifica los medios, incluso cuando el objetivo de la guerra no es más que un disfraz para lograr el verdadero propósito: la acumulación de poder.

Los menos favorecidos y los oprimidos son utilizados por las élites económicas, políticas o religiosas para poder saciar sus intereses privados. Ellas, las élites, necesitan de las masas para ocultar sus objetivos, para esconder que lo que verdaderamente se quiere es su propio beneficio, no el del pueblo, ya que ellas necesitan de un oprimido para poder ser opresoras y las grandes vencedoras en todo este juego de toma y dame.

Así fue en la época de la independencia de lo que hoy llamamos Suramérica. En ese momento, las personas eran diferenciadas según la procedencia de sus progenitores; había negros, mulatos, zambos, indios, mestizos, criollos y españoles. Estos últimos, de padres españoles y nacidos en España, eran los que llegaban a estas tierras para gobernar, mientras que los criollos, hijos de españoles pero nacidos en América, no podían estar al mando del virreinato, a pesar de tener la misma sangre putrefacta corriendo por sus venas. Por esta razón, por querer gobernar y mandar, fue que decidieron incitar a todos los otros a defender su libertad y exigir su independencia, cuando lo que les interesaba era estar en el poder.

Lo grave es que esto se siguió repitiendo a lo largo de los años y a lo ancho del planeta.
Después de la segunda guerra mundial, Europa quedó totalmente destruida, pasando por una hambruna gigantesca por la falta de maquinaria, de energía eléctrica, de campos para sembrar y, sobretodo, de fuerzas.

Eran los momentos de las tensiones entre Estados Unidos y la Unión Soviética, cuando el pensamiento ideológico de una nación estaba entre ser demócrata o socialista, con una Europa necesitando ayuda. Fue ahí cuando el ministro de Relaciones Exteriores de EE.UU., George Marshall, creó un plan de ayuda denominado Plan Marshall. Con éste se defendía la unió de los países europeos para que juntos derrotaran a la sombra del totalitarismo, se proclamaba una libertad de pensamiento y de mercado. Bueno, por lo menos esa fue la gran excusa. Pero en realidad lo que buscaba EE.UU. era encontrar un aliado en ese continente para que lo apoyara al momento de un ataque soviético y ¿quién podría ser más fiel si no era a quien alimentó en el pasado?

La historia nos muestra cómo algunos gobernantes -en cabeza de naciones- no fueron capaces de curar su sed insaciable de tener más territorios bajo su mando. Hacían y hacen lo que sea necesario para llevar a cabalidad sus propios deseos, así esto signifique muertes indiscriminadas, mentiras al por mayor y altos costos sociales y económicos.

El poder siempre dará más ganas de poder, sin importar que tan buenos o que tan macabros hayan sido los fines al comienzo de las cosas.

Un ejemplo de esto es Fidel Castro, quien con la ayuda del Che Guevara y otros milicianos, se tomó Cuba en 1959. Derrocó a Batista por su desacuerdo con las dictaduras, en especial con la de ese sujeto. Irónico que a Castro no le gustaran las perpetuaciones en el poder sabiendo que él lleva 49 años en el mando cubano. Más irónico aún es que el Movimiento 26 de julio, que estaba a su cargo y fue el encargado del golpe de Estado, no estuviera de acuerdo con el comunismo y terminara pidiéndole ayuda a la Unión Soviética.

Queda demostrado pues que la liberación proclamada en casi todas las guerras y en los enfrentamientos no ha sido más que una máscara para que los gobernantes hagan lo que les convenga y satisfaga: quedarse con el poder.

Por Maria Clara Calle.